LA FOTOGRAFÍA EN LOS PUEBLOS DE CAMPAÑA
En los pueblos del interior, los fotógrafos tuvieron un papel fundamental como cronistas visuales de la vida cotidiana y de los grandes acontecimientos. Con sus cámaras ambulantes o instalados en pequeños estudios, retrataron a familias enteras, bodas, bautismos y funerales, convirtiéndose en los guardianes de la memoria local. Muchas veces, sus imágenes fueron las únicas huellas visuales de personas y espacios que de otro modo hubieran quedado en el anonimato.
Durante fines del siglo XIX y primeras décadas del XX, la llegada de la fotografía a las localidades rurales acompañó el proceso de modernización y el afianzamiento de las comunidades. Los fotógrafos de pueblo no solo se dedicaban a los retratos de estudio con fondos pintados o decorados sencillos, sino que también documentaban obras públicas, fiestas patronales, desfiles escolares y escenas de trabajo en el campo. Su labor estaba estrechamente vinculada a la identidad de cada comunidad, ya que sus archivos constituyen hoy una fuente invaluable para la reconstrucción de la historia social y cultural de la región.
LA POPULARIZACION: LLEGAN LAS CAMARAS PORTATILES
Hacia fines del siglo XIX, con avances tecnológicos como las placas secas, emulsiones más rápidas y obturadores simplificados, la fotografía comenzó a hacerse más accesible. La introducción de cámaras tipo “máquina de cajón” fue clave: simples en su diseño, robustas y económicas, permitían que aficionados, maestros rurales, comerciantes o fotógrafos itinerantes llevaran la cámara a pueblos, familias y eventos comunitarios.
Una innovación clave fue la Kodak Box Camera de George Eastman, introducida en 1888. Incluía en un sistema cerrado un rollo que permitía realizar hasta 100 exposiciones. Al terminar el rollo, se enviaba el aparato completo para desarrollar las imágenes y recargarlo . Esto representó un antes y un después en la accesibilidad, con el famoso lema de Eastman: “Usted apriete el botón y nosotros hacemos el resto” .
Este modelo evolucionó hacia la legendaria serie Kodak Brownie, lanzada alrededor de 1900-1901. El Brownie estandarizó el carrete tipo 120 (negativo de 6 × 9 cm) y se convirtió en una cámara masiva para amateurs.
La popularización de la fotografía, potenciada por las máquinas de cajón, significó que la imagen dejara de ser un lujo para transformarse en un elemento habitual en la construcción de la memoria familiar y comunitaria.
LA FOTOGRAFÍA INFANTIL
Entre 1890 y 1910, la fotografía infantil en la Argentina y en gran parte del mundo tuvo un desarrollo particular, marcado por la expansión de los estudios fotográficos en las ciudades y en los pueblos del interior. Los retratos de niños eran considerados recuerdos de gran valor familiar, al punto de convertirse muchas veces en la única imagen que quedaba de ellos en caso de fallecimiento, algo frecuente en un contexto de alta mortalidad infantil.
En los estudios, los niños eran retratados en interiores cuidadosamente montados: sillones tapizados, cortinados y fondos pintados que recreaban un ambiente elegante. Para mantenerlos quietos —ya que las exposiciones podían durar varios segundos—, era común el uso de soportes ocultos o incluso la ayuda de las madres, disimuladas tras telas oscuras. En ocasiones se los fotografiaba con juguetes, libros o flores, símbolos de inocencia y ternura, pero también de la expectativa social puesta en el futuro.
Hacia comienzos del siglo XX, con la difusión de cámaras más portátiles y técnicas que acortaban el tiempo de exposición, comenzaron a aparecer retratos más espontáneos: niños al aire libre, en patios o jardines, y escenas familiares menos rígidas. Sin embargo, el retrato de estudio siguió predominando, cargado de formalidad y solemnidad, reflejo de una época en que la fotografía se concebía no solo como arte y memoria, sino también como signo de estatus social.
LA FOTOGRAFIA DE DESNUDOS
Durante los años 20, la fotografía de desnudos adquirió un lugar particular, atravesado por las transformaciones sociales y estéticas de la posguerra. Por un lado, seguía presente la tradición académica heredada de la pintura: estudios fotográficos producían desnudos femeninos de carácter artístico, destinados a pintores, escultores o coleccionistas que buscaban modelos para sus obras. Estas imágenes solían presentar poses clásicas, con juegos de luces y velos que buscaban resaltar la armonía del cuerpo más que la sensualidad explícita.
Al mismo tiempo, en los centros urbanos europeos y estadounidenses comenzó a expandirse un mercado más popular y atrevido: revistas ilustradas, postales eróticas y cabarets que difundían un desnudo más sugerente, ligado al ambiente bohemio de los años locos (années folles). La liberación de costumbres, el auge del jazz y la estética art déco se reflejaban en fotografías que combinaban modernidad, glamour y erotismo.
En síntesis, la fotografía de desnudos en los 20 oscilaba entre dos polos: el desnudo artístico, heredero de la academia, y el desnudo moderno y erótico, vinculado al entretenimiento y al nuevo consumo visual de masas. Ambos influyeron en la construcción de una mirada diferente sobre el cuerpo y la sexualidad en el siglo XX.