BIEN PATRIMONIAL ARQUITECTÓNICO: RUINAS DE VILLA EPECUÉN

RUINAS DE VILLA LAGO EPECUEN

1921

Ordenanza Municipal Nº  3776/2013

Ley Pcial Nº 14696/2015

 

La primera referencia de la laguna Epecuén data de alrededor de 1780, cuando el Piloto De La Real Marina Pablo Zizur realiza un viaje en busca de sal a Salinas Grandes, bautizándola “Laguna San Lucas”. Paradójicamente San Lucas es el patrono de la medicina. Entre las comunidades originarias ya era sabido de los beneficios de darse baños en sus aguas, tanto para ellos como para los animales.

Hacia 1876 el  “Mapu Carhué” y el Lago Epecuén eran prácticamente desconocidos, pues aún pertenecían a los dominios indígenas. El 21 de enero de 1877 el Tte Crn. Nicolás Levalle a cargo de las tropas enviadas en el marco de la llamada, por mucho tiempo “Conquista del Desierto”, funda oficialmente el pueblo de Adolfo Alsina (Carhué).

Fue desde principios del XIX cuando el Lago Epecuén comienza a ser muy renombrado, fundamentalmente por el boca a boca y por esas propiedades curativas. Carhué, con la ayuda del tren, a partir de 1899 comienza a tener un crecimiento inusitado para un pueblo de la campaña debido a aquellos primeros turistas enfermos que llegaban a darse baños a sus costas. Ante ello, en 1908 el Ministerio de Obras Públicas de Buenos Aires envía a los más encumbrados científicos a realizar un estudio de esas aguas que tanto se rumoreaba eran milagrosas. Ese fue un disparador que atrajo inversiones para la explotación de sulfato de sodio y el consiguiente mayor arribo de bañistas, desarrollándose una interesante infraestructura hotelera en Carhué. Entonces el tren posibilitará el gran impulso, por cuanto se suman al FC Sud, el FC Oeste en 1903 y el FC. Midland en 1911.

La laguna Epecuén se convertirá pronto en el primer balneario termal importante de Argentina. Ese constante crecimiento determinó que en 1921 ante los miles de visitantes que acudían, un visionario llamado Arturo Dalmacio Vatteone funde un Balneario en la costa noroeste, distante a 7 km de la plaza de Carhué, y al siguiente año efectúe el primer loteo para conformar un pueblo turístico al que llamó “Mar de Epecuén”.

Fue tan notorio este desarrollo que al mismo momento se producen distintos loteos e importantes inversiones relacionadas tanto al turismo termal como a la extracción minera de sulfato de sodio.

Antes de 1921 la costa era la típica postal de un salitral, sin embargo para 1930 había 4 balnearios, 2 espigones, 2 complejos hidrotermales y decenas de hoteles y propiedades privadas de veraneo y residencia. Pronto se hizo evidente la necesidad de una escuela para los niños de cuidadores y trabajadores  y una Iglesia, promovida por feligreses que pasaban sus veranos en la villa balnearia.

A partir de allí la historia de crecimiento de Epecuén y Carhué no se detuvo. A partir de finales de los años 40 se comienza a producir una recambio la clase social que sostenía el turismo de Epecuén. Varios fueron los motivos: por un lado por los avances médicos mucha gente accedió a nuevos adelantes medicinales;  y por el otro una nueva clase socio económica comienza a tener presencia en el turismo motivado a los avances sociales y laborales de la clase trabajadora. Así Epecuén comienza una nueva etapa, ahora basada en un turismo social de salud, de familias trabajadoras que modelaran su ofrecimiento turístico. El estado, tanto nacional como provincial realiza expropiaciones e inversiones, creando el primer Hospital Hidrotermal del país, así como estatizando el complejo hidrotermal privado existente que hacia 1930 era de lo más moderno de Sudamérica y poniéndolo a costos para la clase trabajadora. 

Promediando los años 50, la capacidad instalada de ambos pueblos era de  aproximadamente 3300 plazas hoteleras  (Epecuén 2500 – Carhué 770), tanto en hoteles, pensiones y departamentos, una nueva modalidad que prosperó fuertemente en la villa, por cuanto los tratamientos termales establecían por la experiencia, un total mínimo de 20 baños termales.   

Todo este impresionante  desarrollo ocurrido entre 1921 y 1940 se había dado en un período de cierta estabilidad del caudal de la laguna. Entre los años 1910 y 1920 la laguna había transitado una década de precipitaciones superiores a lo normal que habían aumentado y sostenido un buen caudal, permitiendo todos estos desarrollos inmobiliarios y turísticos. Sin embargo, esa no era la normalidad del comportamiento climático de la región y por ello a partir de los años 30 la laguna inicia un escurrimiento natural que comienza a dificultar el sostenimiento de inversiones y nuevos desarrollos.

Es importante decir que este comportamiento natural de Epecuén, que se mueve entre épocas muy lluviosas a de fuertes sequias, fue generando esa riqueza mineral en su lecho, dado que las milenarios ciclos de evaporación fueron depositando en su suelo las sales aportadas del agua tanto surgente, de arroyos como del ingreso de las lagunas aguas arriba (hoy se denominan Encadenadas del Oeste Bonaerense).  La Laguna Epecuén es la última y más baja de estas “encadenadas” de la que no hay posibilidad de drenar hacia ningún otro bajo o laguna. Agua que ingresa a Epecuén, allí queda y sólo se reduce por evaporación mientras transita esos ciclos.  

Este ciclo de escurrimiento se hizo evidente antes de 1930, momento en que comienzas a escucharse reclamos al gobierno del sector involucrado sobre algún tipo de solución paliativa a este proceso natural de escurrimiento. Entonces, sin muchas posibilidades técnicas y económicas, se encararon algunas obras  como una canalización y rectificación del tramo final del principal afluente de Epecuén (A º Pigué) y la realización de profundas y caudalosas perforaciones para tener agua surgente. Esos paliativos no tuvieron mayores beneficios y los privados fueron buscando distintas soluciones prácticas como piletones, zanjas paralelas a los espigones y hasta “tranvías acuáticos” tirados por caballos.

Pese a todo el pueblo Epecuén continuó creciendo sustentado en el beneficio de sus aguas. Fue recién en 1956 cuando el gobierno  provincial inicia la primera obra en las lagunas Encadenadas del Oeste Bonaerense consistente en la canalización del afluente más grande de todo el complejo lagunar, el Aº Sauce Corto que baja desde las Sierras de la Ventana e ingresa en la Laguna Alsina (Guaminí), la primera y más elevada de estos espejos de agua concatenados. La idea primaria era efectivizar su aporte de agua y que por su altura desde esta se pueda ir drenando aguas abajo, alimentando a lagunas de agua dulce y fuentes de actividad pesquera (Cochicó – Del Monte- también ambas en el distrito de Guaminí) hasta poder llegar a Epecuén. La obra, realizada entre 1956 y 1965 se enmarcaba dentro de un plan que pretendía aprovechar el agua que al desbordarse perjudicaba campos linderos con la consecuente improductividad de los mismos.  

La segunda obra proyectada con el mismo objetivo y con seguridad la más importante del plan, se inició en 1965 y consistió en cortar perpendicularmente los escurrimientos naturales serranos,  desde Lamadrid hasta la laguna Alsina, pasando por el distrito de Crn Suarez. Se llamó Canal Florentino Ameghino y demandó una década en su ejecución casi total para completar los 90km proyectados.

Pronto, la obra trajo beneficios porque los campos que en su paso drenaba se convirtieron también en agrícola, mientras que antes eran únicamente ganaderos y de baja calidad de suelos.

Ese agua encauzada comenzaba entonces a llegar a las encadenadas de manera ordenada y constante. Entre las lagunas encadenadas se montaron compuertas para que se convierta en un “sistema” y pueda ser operable. Sólo restaban algunas obras de regulación dentro del gran Canal Ameghino para poder, en cierto modo, desactivarlo cuando las necesidades así lo requiriesen.  

Para entonces el pueblo de Epecuén se había modernizado con un hermoso complejo público de piletas e instalaciones de playa (1970), sumando ya más de 5000 plazas hoteleras y alrededor de 250 emprendimientos hoteleros y comerciales. Por su parte Carhué había perdido ya ésta pulseada y casi no quedaban establecimientos hoteleros.

Epecuén vivía un nuevo renacer dado que la provincia y el municipio estaban haciendo una nueva reconversión, ampliando su espectro a la juventud, motor del nuevo turismo que se avecinaba en el país. El complejo de piletas municipales de agua dulce, la habilitación de modernos campings, festivales musicales y pavimentación eran parte de ese objetivo para entrar en los años 70 con todo.       

Aquel plan de obras hidráulicas había sido pensado para solucionar las sequias, basado en el conocimiento sobre el comportamiento hídrico de la región, con apenas 50 años de estudio y conocimiento.

A partir de 1977-1978 se comienza a vislumbrar un ingreso a una etapa desconocida, con mayores precipitaciones, aumento de napas freáticas y por ende aumento natural de caudales de las lagunas.    

En 1978, fue entonces cuando se tuvo que levantar un terraplén de piedra y tierra  para proteger al complejo municipal y al pueblo mismo del crecimiento natural de la laguna Epecuen.  

La situación lejos de estabilizarse fue empeorando: más lluvias, más ingreso natural de agua al sistema de lagunas, sumando a las obras preparadas para las sequias que constantemente recolectaban el agua superficial y la encauzaban con rumbo a las encadenadas.

Ante este estado de situación quedó en evidencia que las obras faltantes,  el Estado no las había terminado, por cuanto desde 1976 se había ingresado en la etapa negra de nuestro país, en donde todo estaba centrado en otros focos como el Terrorismo de Estado, armamentismo creciente ante posibles conflictos limítrofes, estrategias de enmascaramiento de la realidad como el Mundial de fútbol y luego como corolario la guerra de Malvinas.  

Al sistema de lagunas encadenada solo le restaba implorar por que se estabilicen las precipitaciones, cuestión que no sucedió. La única solución viable para Epecuén fueron los alteos de esa muralla de protección. 1980 fue un año que sumó otro record en la historia pluviométrica de la provincia.

Para el año 1984 el terraplén ya tenía casi 4 metros de altura y la vida de la villa solo dependía de su protección… y que no llueva.

El año 1985 fue el año más llovedor desde 1919, acelerando todos los procesos poniéndolo al borde de la catástrofe.   

El 10 de noviembre de 1985 el muro de contención, debido a una fuerte sudestada de varios días, comenzó a ser sobrepasado y por ende socavado lo que hizo que el pueblo amanezca con agua en sus calles y sus casas. La batalla estaba perdida. En menos de una semana, en una evacuación total quedaba abandonado a su suerte, como un barco a la deriva. Y en 15 días quedaba sumergido por más de dos metros de agua todo aquel cúmulo de sueños y desarrollo de la fuente de la eterna juventud, como se la llegó a llamar en sus inicios. 

Como la situación aguas arriba no era mejor y Guaminí podía correr el mismo destino, se comenzó a construir una muralla de protección para Carhué.

Vinieron tiempos durísimos para sus ex habitantes, tiempos de desarraigo, desempleo, exiguas indemnizaciones, migraciones, desamparo y mucha bronca y dolor. El gobernador Armendáriz fue quien recibió parte de esa brinca al punto que fue recibido a piedrazos cuando, tres meses después llegó a Carhué con “ayuda”.    

En Carhué también cundió la desazón y la incertidumbre por esos años, pese a que en 1989 se relanzaba la primera temporada turística, pero el camino a andar era largo, penoso e incierto.

A la laguna de Epecuén se derivó una enorme masa de agua que tuvo en 1993 su pico máximo quedando el pueblo totalmente sumergido a casi más de 10 metros de profundidad. En Carhué, muchas familias habían embalado sus pertenencias para en caso de ser necesario, poder evacuarse rápidamente.  

Entre 1993 y 1997 llegaron las obras hidráulicas que el gobernador Duhalde dispuso que dieron seguridad a las poblaciones de Carhué y Guaminí.

El agua tuvo sepultada a la villa Epecuén hasta aproximadamente 2006 cuando se ya se hizo notorio el traspaso de en un periodo de estabilidad y el ingreso a uno de sequía. Hoy nos encuentra con las ruinas totalmente fuera del agua y con la laguna en los niveles similares a los años de su nacimiento.

Carhué y la laguna Epecuén puede decirse que están reseteándose y reiniciando in proceso de desarrollo turístico como el dado a partir de 1900, con una imagen del pasado imborrable y una ejemplo único de resiliencia.    

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